¡Susto!
El centro nuevo es frío y grande, destartalado. Dicen que construído sobre una antigua cárcel. Aunque también lo decían del centro viejo, y ese era más destartalado aun...
Al médico que hace guardia conmigo le encanta ver "Cuarto Milenio", y eso no ayuda en absoluto. Se oyen ruidos de procedencia desconocida, la oscuridad es más oscura que en ningún lado...
Desde que nos trasladamos, parece que circula una sombra gafe sobre el personal que trabaja aquí, y no hay nadie que no haya sufrido alguna desgracia familiar, en mayor o menor medida. Dicen que no fue bendecido al inagurarse, que va a ser eso. Yo no me creo esas cosas, pero visto lo visto me dijeron que, ya que tenía que ver a Don Julián, el cura del pueblo, le pidiese que lo hiciese él. Me tocó a mí. A la más "creyente". Pero cumplí. Él simplemente me dijo que ya lo bendecíamos con nuestro trabajo. Creo que es uno de esos curas rojos.
Y aunque hay cosas difíciles de creer, la noche, los ruidos extraños, te hacen dudar de todo.
Me metí en la cama dispuesta a descansar un poco. Estaba intentando conciliar el sueño, pero me costaba. Y en el silencio de la noche empecé a escuchar ruidos; aparentemente procedían de mi taquilla, como bolsas de plástico. No era de extrañar, puesto que guardo varias cosas allí metidas en bolsas. Pero me mosqueaba que el ruido fuese contínuo a pequeños intervalos, que aquella bolsa no terminase de asentarse y tomar su forma definitiva para que su ruido no interfiriese en mi labor de conciliar el sueño.
Encendí la luz, me levanté, comprobé que estaba todo en su sitio, achuché las bolsas para acelerar el proceso. Y me metí en la cama convencida de que todo estaba bien.
Pero seguí escuchando el sonido de los plásticos. Y en este centro, tan grande y tan fantasmagórico, llegas a pensar cualquier cosa. Te acuerdas demasiado de "Cuarto Milenio". Quise quitarle importancia, ya pasará, pero tras el ruido plastificado sonó un pequeño golpe seco metálico, como si algo hubiese dado contra la taquilla. Y ya, la verdad, es que me acojoné. Porque en esa pequeña habitación nada más que estaba yo. Al menos en teoría... Lo que no cuadraba con que la taquilla metálica hubiese sido golpeada...
Me levanté de nuevo, dispuesta a descubrir el misterio. Abrí de nuevo la taquilla y empecé a sacar lo que allí guardaba. Tras la bolsa de los zuecos viejos descubrí una caja de Ferreros Rocher que me había regalado una paciente. Los guardo ahí para cuando me ataca el mono de chocolate. Me fijé en ellos y ví algo que me llamó la atención: Había un par de bombones sin desenvolver a los que habían dado unos cuantos mordisquillos. Intuí inmediatamente que no estaba sola en la habitación, que había "alguien más" conmigo igual de goloso. Me armé de valor, porque me asustan más las sorpresas que los bichos, y empecé a sacar cosa tras cosa, poco a poco para evitar sustos, con el fin de encontrar al intruso, puesto que la luz no ayudaba mucho a dilucidar dónde se había metido...
De repente, algo pequeñito y oscuro salta ágilmente por encima de la mano y echa a correr. -"¡Aaaaaaaaaaah! !Un ratóooooon!!!" - No pude evitar que se me escapase ese grito, aun sabiendo que a las dos de la madrugada un grito así asustaría desproporcionadamente a mi compañera, que debía estar ya descansando. Y no grité por el animalito en sí, sino por el salto inesperado y brusco que dio, a pesar de la gran preparación mental previa que hubiese hecho y a sabiendas de que estaría allí.
El pobre animal debía estar más asustado que yo, no paraba de correr tras la puerta, que había dejado encajanda antes de ir a dormir. Al intentar abrirla para que saliese, volvió a meterse dentro. No tengo ni idea de dónde pudo esconderse, puesto que no había rincones ni huecos donde camuflarse, y aun así no lo veía por ningún lado.
Con semejante visitante, decidí cederle mi habitación, y salí a la salita a leer un rato mientras con el rabillo del ojo controlaba la puerta del dormitorio. Previamente le había dejado los dos Ferreros que había roído como cebo en la sala de estar, para "forzar" su salida e intentar que me dejase sola en el espacio que me correspondía más a mí que a él.
De pronto, unos diminutos pasos a la carrera, a increíble velocidad, saltan por encima de los Ferreros y le pierdo de vista inmediatamente. La verdad es que no me desagradan esos animales, y este bichito parecía hasta simpático, pero no era éste el sitio donde tenerlos. Y menos a costa de mi intranquilidad.
Le dejé los Ferreros donde intuí que se había vuelto a esconder, y yo en mi habitación, creo que sola al fin, me dispuse a descansar. El poco tiempo que dormí no pude evitar soñar con ratones. Uno tras otro.
Esta mañana he descubierto dónde se debió esconder mientras lo buscaba por mi habitación. O al menos había dejado un pequeño resto a modo de cagarrutilla entre mis sábanas. Mira qué pillín! Pero ahí sólo había sitio para uno...







lamandragora dijo
Que bueno!!!! y que valiente... yo le habria dicho a alguien:
-Porfavor porfavor mira mira en la taquilla que hay algo.
Y me habria escondido tras el. No por nada porque se que el bicho en cuestión (de serlo) me habria dado el susto tanto si lo esperase como no. Es como en las peliculas de suspense... que sabes que te van a dar un susto, lo sabes, lo esperas, lo intuyes y aun asi... PUM te llevas el susto.
1 Marzo 2008 | 10:41 PM